En España se consume un promedio de tres kilos de chicles y caramelos masticables por habitante y año. Para una ciudad como Santander, eso supone alrededor de 500 toneladas al año.
El creciente consumo de chicles se hace patente en los pavimentos de nuestra ciudad: miremos donde miremos, en cualquier calle o plaza, siempre encontramos innumerables incrustaciones de chicle en el suelo.
Un chicle en el pavimento, si no es retirado, puede tardar hasta cinco años en degradarse, y según estudios realizados, acumular alrededor de 50.000 gérmenes. Sin embargo, su limpieza es una tarea dura que precisa de las últimas tecnologías, y también cara: aproximadamente, quitar un chicle cuesta cinco veces lo que adquirirlo en cualquier tienda.
Arrojar chicles a la vía pública constituye una infracción recogida en la Ordenanza de Limpieza Viaria, pudiendo recibir una sanción quienes incurran en ella.
Todo el esfuerzo que el Ayuntamiento de Santander hace en limpiar este residuo tan dañino resulta completamente inútil si los ciudadanos no responden con un comportamiento cívico adecuado. Estos son los consejos para hacer compatible el chicle con una ciudad limpia.

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